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Literaturas

Yacimientos literarios

Comercio y ciudad en las metáforas de Carmen Martín Gaite




Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925- Madrid, 2000) es una autora polifacética que se desenvuelve en los ámbitos de la narrativa, el ensayo, la investigación histórica, la traducción o los guiones para series de televisión. Pertenece a la denominada generación de los 50 y a lo largo de su trayectoria obtuvo relevantes premios literarios, como el Café Gijón, en 1955, por El balneario; el premio Nadal en 1958, por Entre visillos; el Premio Nacional de Literatura, en 1978, por El cuarto de atrás; y el Premio Nacional de las Letras en 1994 por el conjunto de su obra.

Los bellos fragmentos que se recogen en este yacimiento literario, procedentes de El balneario, muestran la eclosión de las actividades comerciales y de servicios -piénsese en el merendero- como eje fundamental del comportamiento ciudadano. Las ciudades se nutren del comercio y la gente se echa a las calles buscando imágenes con las que amasar los sueños de cada día. Hasta el cielo se repliega ante el vigor y el poder de los anuncios y los escaparates. Martín Gaite utiliza un lenguaje poseído por las metáforas pero de notable belleza y precisión que, además, ayuda a entender la relevancia del comercio como motor de la vida.






Carmen Martín Gaite (1955): El balneario, Editorial Bruguera, segunda edición. 1983. Páginas 96 y 97.


…Todas las calles salían a una plaza desnuda, redonda y tirante como un tambor. En la plaza estaba la boca del metro, y junto a ella muchos tenderetes de avellanas, higos pasos y peladillas con los precios pinchados en un palito. Además de estos frutos secos se vendían zambombas y molinos, caretas, serpentinas, carracas, aleluyas de la Pasión del Señor, pelotitas atadas a una goma y botijos, según la época del año. En torno a estos tenderetes había mucho ruido y alegría, como si todo el barrio anduviese de fiesta.

…A la amiga de Mercedes le salió un novio linotipista y se casaron a fines de verano. Los invitados fueron a celebrar la boda a un merendero que había junto al Manzanares, con sus sillas y mesas de madera debajo de un emparrado medio seco, y organizaron un poco de baile. Era una tarde bochornosa de gordas nubes que se tropezaban vacilando, como si quisieran caer a la tierra…

…La gente se echaba a estas calles con los ojos expectantes, abiertos como puertas por ver si les entraba alguna imagen nueva con que amasar su sueño de aquel día. En los miles de pares de ojos se detenía el reflejo chillón, insistente, de los letreros luminosos, y parecían lágrimas verdes, rojas, azules, a punto de resbalar. Zumbaban las ruedas, los motores, los voceadores de periódicos, los silbatos, las cafeterías; y los rostros atónitos se agolpaban como racimos dentro de los espejos, en las reverberantes lunas de los escaparates de lujo, donde abubillas y garzas disecadas traían en el pico un largo guante malva, una sandalia dorada o un encendedor de zafiros. El cielo se replegaba perseguido por luces, bocinas y antenas, herido contra el filo de altísimos aleros, tupido, estrangulado por el vaho rojizo de los anuncios, y corría en zigzag hacia las afueras…