Viajar a Fez es como hacer varios viajes al mismo tiempo, pues en Fez coexisten tres ciudades diferenciadas correspondientes a tres épocas históricas: la medina vieja, ciudad medieval, compacta, de calles imposiblemente estrechas, casi callejones sin salida; la ciudad moderna, levantada a comienzos del siglo XX al modo de los ensanches de las grandes ciudades europeas, con hermosas avenidas y edificios de viviendas más que notables, modernistas unos, muchos racionalistas; y la ciudad contemporánea, extendida, con profusión de casas unifamiliares. Lo realmente notable, la característica más destacada es que estas tres ciudades coexisten una a continuación de otra sin apenas haberse transformado desde su construcción. No se ha levantado una de estas ciudades encima de la anterior, ni se han hecho avenidas tirando parte de la Medina, que continúa siendo la misma ciudad medieval de hace siglos, por cuyas calles no circulan automóviles y en la que viven 150.000 personas, dando así lugar a la mayor área peatonal del mundo, buena parte de la cual es zoco, formado por auténticas calles comerciales.
En Fez es posible comprobar lo acertado que está nuestro buen amigo Javier Casares cuando afirma que la evolución del comercio puede sintetizarse como la transición que va del Souk árabe al Centro Comercial. Allí es posible observar en vivo, plenamente operativas, las distintas formas minoristas correspondientes a tan diferentes épocas, no formando parte de ningún museo ni representación.
Uno de los hitos de la evolución del comercio minorista es el Mercado de Abastos. En el caso de Fez, el carácter central de su Mercado es incluso geográfico, pues está situado en una de las encrucijadas de las principales calles de la ciudad de principios del siglo XX, levantada en la época del Protectorado Francés.
El Marché Central de Fez está situado en un edificio exento construido específicamente para la función minorista, no muy grande, de aproximadamente cincuenta pequeños puestos, y tiene un diseño no lineal, con algún pasaje descubierto, que recuerda el callejeo de la vieja Medina, pero también es un diseño ordenado que facilita el tránsito de los compradores e invita a conocer la oferta de sus puestos. Al traspasar la puerta principal, el comprador se encuentra con una pared sobre la que hay una enorme pizarra en la que aparecen los precios que ese día tienen los productos de venta en los puestos. El espíritu moderno que anima el diseño del mercado alcanza también al concepto del servicio que presta, facilitando a los compradores información diaria sobre precios, para que estos puedan tomar decisiones con la mejor información.
La entrada al mercado ha de hacerse entonces por uno de los dos pasillos laterales. Por ambos pasillos se encuentran puestos a derecha e izquierda y por ambos se llega a una plazuela con una isla central de solo cuatro puestos, orientados cada uno hacia un punto cardinal. Al otro lado de la isla confluyen los dos pasillos juntándose en uno sólo que alumbra a una galería horizontal exterior aunque igualmente cubierta. De esta forma se definen varias zonas interiores que parecen estar dedicadas cada una a la venta de un tipo de productos, aunque actualmente algunas actividades aparecen fuera de su zona, especialmente en los pasillos de frutas y hortalizas, entreverados de carnicerías y pescaderías. Es como si, desde hace ya algunos años, la gestión del mercado hubiera sido incapaz de mantener el criterio inicial de reparto de actividades.
Los productos ofertados son, principalmente, de alimentación en fresco, frutas y hortalizas, carnes y pescados, junto a las muy variadas especias, abarrotes, una floristería muy surtida de ramos y coronas, … y una tienda de cervezas, vinos y licores, del tamaño de varios puestos juntos, que ofrece un amplio surtido. Por el contrario, el surtido de alimentos frescos no es muy variado y está limitado a productos de temporada, y la cantidad en cada puesto es pequeña. Será por todo ello que destaca la frescura y buena presentación del producto, mantenida por unos no demasiado atareados vendedores que disponen de tiempo suficiente para agitar continuamente una especie de zorros de tiras de papel con los que intentan espantar las numerosas moscas que todavía a mediados de octubre asediaban a unas anaranjadas brecas, o a los medios pollos que junto a carne de cordero y camello, y a unas pequeñas, delgadas y oscuras salchichas de ternera, lucían en los mármoles de las carnicerías.
La sensación es de no mucha actividad por negocio, indicativo de que la remuneración de los comerciantes no ha de ser muy elevada y, sin embargo, el ambiente amable, la cordialidad de los vendedores, la limpieza del mercado y el cuidado y adorno de los puestos - los de pescados lucen en sus paredes mandíbulas de tiburón y largos sablones de pez espada- sugiere la existencia de equilibrio entre oferta y demanda, necesario para la supervivencia del mercado, así como la duda sobre lo que pueda ocurrir si uno de los términos del par, la demanda por ejemplo, se modifica tanto como para exigir cambios en el mercado. Las cuestiones que se plantean entonces (¿será capaz de adatarse el mercado a las nuevas demandas? ¿habrá sensibilidad suficiente para, si fuera necesario, ayudar al mercado en su evolución?) llevan al viajero a echar una última mirada nostálgica mientras que, antes de ir a almorzar a un excelente restaurante de pescado que siempre es posible encontrar cercano a un buen mercado, se pregunta si la ciudad nueva mantendrá vivo su Marché Central, y permitirá así a los futuros visitantes continuar viajando en el tiempo sin salir de Fez.
Madrid, noviembre 2008. |