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Literaturas

Yacimientos literarios

Vender y comprar en el Madrid galdosiano de Fortunata y Jacinta

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“Novelista, dramaturgo y articulista, Benito Pérez Galdós nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1843 y falleció en Madrid en 1920. Influido por el naturalismo de Zola, sus novelas se caracterizan por el análisis riguroso de la sociedad. Fortunata y Jacinta y Tristana son claros ejemplos de esta vocación de implacable crítico de la realidad social aderezado con ciertos tintes folletinescos. Combina muy bien el realismo de las descripciones con cierto ánimo psicologista en el análisis de sus personajes.

Fortunata y Jacinta es una selva de novelas entrecruzadas. Esta afortunada expresión de su propio autor, Pérez Galdós, refleja perfectamente el laberíntico discurrir de la novela aderezada de ciertos tintes folletinescos.

En la vertiente del comercio y del consumo, la novela es un filón inagotable. Los primeros fragmentos seleccionados plantean la importancia de la compra compulsiva, “la chifladura de las compras”, concebida en términos artísticos (el arte por el arte).También analiza el papel del comprador a toda conciencia, representado por Estupiñá. A este respecto, la metáfora de la mosca resulta especialmente brillante y precisa. Destaca también el interés por la producción artesanal. La distinción entre los chocolates industriales y los hechos a brazo es reveladora.

Por otra parte hay que destacar la continua introducción de un vocabulario comercial específico. Por ejemplo se cita la frase clásica: “el buen paño en el arca se vende”. En la página 33 se resalta de la protagonista: “…el amor al artículo y fue más artista que comerciante”. Con frecuencia se citan los bazares de “todo a real”. También se plantean interesantes descripciones de escaparates, de viajantes de comercio y de las tertulias que se celebraban en algunas tiendas.

Asimismo, en los fragmentos de las páginas 198 y 199 se deja llevar por el frenesí y la efervescencia a la hora de contemplar y describir una calle comercial en el Madrid del siglo XIX. Se trata de la calle de Toledo. Una pintoresca vía en la que destacan los suelos intransitables y los pregones enfáticos como heraldos indiscutibles del abigarrado desenvolvimiento de la actividad comercial.

El autor no se ahorra detalles en la descripción permitiendo al lector sentirse paseante de la calle en la que puede observar desde racimos de dátiles hasta piezas de tela desenvueltas en ondas. Comprar o morir es la consigna que impera entre las activas vendedoras que utilizan estrategias comerciales sonoras y visuales para ensalzar sus productos. EL surtido es muy amplio para satisfacer a todo tipo de consumidores dominados por atisbos de compra impulsiva en el horizonte cerrado y pintoresco de los veinte mil cachivaches. "




FORTUNATA Y JACINTA. Alianza editorial, Madrid (primera versión de 1887).

(p.140). “Barbarita tenía la chifladura de las compras. Cultivaba el arte por el arte; es decir, la compra por la compra. Adquiría por el simple placer de adquirir, y para ella no había mayor gusto que hacer una excursión de tiendas y entrar luego en la casa cargada de cosas que, aunque no estaban de más, no eran de una necesidad absoluta. Pero no se salía nunca del límite que le marcaban sus medios de fortuna y en esto precisamente estaba su magistral arte de marchante rica.

El vicio aquel tenía sus depravaciones, porque la señora de Santa Cruz no sólo iba a las tiendas de lujo, sino a los mercados, y recorría de punta a punta a punta los cajones de la plazuela de San Miguel, las pollerías de la calle de la Caza y los puestos de la ternera fina de la costanilla de Santiago. Era tan conocida doña Barbarita en aquella zona, que las placeras se la disputaban y armaban entre sí grandes ciscos por la preferencia de una tan ilustre parroquiana.”



(pp. 144-145). “Ciertos artículos se compraban siempre al por mayor, y si era posible de primera mano. Barbarita tenía en la médula de los huesos la fibra de comerciante, y se pirraba por sacar el género arreglado. .Pero, ¡cuán distantes de la realidad habrían quedado estos intentos sin la ayuda del espejo de los corredores, Estupiñá el Grande! ¡Lo que aquel santo hombre andaba para encontrar huevos frescos en gran cantidad!... Todos los polleros de la Cava le traían en palmitas, y él se daba no poca importancia, diciéndoles: “O tenemos formalidad o no tenemos formalidad. Examinemos el artículo, y después se discutirá…, calma, hombre, calma”. Y allí era el mirar huevo por huevo al trasluz, el sopesarlos y el hacer mil comentarios sobre su probable antigüedad. Como alguno de aquellos tíos le engañase, ya podía encomendarse a Dios, Porque llegaba Estupiñá como una fiera amenazándole con el teniente de alcalde, con la inspección municipal y hasta con la horca.

Para el vino, Plácido se entendía con los vinateros de la Cava Baja, que van a hacer sus compras a Arganda, Tarancón o a la Sagra, y se ponía de acuerdo con un medidor para que le tomasen una partida de tantos o cuantos cascos, y la remitiesen por conducto de un carromatero ya conocido. Ello había de ser género de confianza, talmente moro. El chocolate era una de las cosas en que más actividad y celo desplegaba Plácido, porque en cuanto barbarita le daba órdenes ya no vivía el hombre. Compraba el cacao superior, el azúcar y la canela en casa de Gallo, y lo llevaba todo a hombros de un mozo, sin perderle de vista, a la casa del que hacía las tareas. Los de Santa Cruz no transigían con los chocolates industriales, y el que tomaban había de ser hecho a brazo. Mientras el chocolatero trabajaba, Estupiñá se convertía en mosca, quiero decir que estaba todo el día dando vueltas alrededor de la tarea para ver si se hacía a toda conciencia, porque en estas cosas hay que andar con mucho ojo.

Había días de compras grandes y otros de menudencias; pero días sin comprar no los hubo nunca. A falta de cosa mayor, la viciosa no entraba nunca en su casa sin el par de guantes, el imperdible, los polvos para limpiar metales, el paquete de horquillas o cualquier chuchería de los bazares de todo a real. A su hijo le llevaba regalitos sin fin, corbatas que no usaba, botonaduras que no se ponía nunca. Jacinta recibía con gozo lo que su suegra llevaba para ella, y lo iba trasmitiendo a sus hermanas solteras y casadas, menos ciertas cosas cuyo traspaso no le permitían. Por la ropa blanca y por la mantelería tenía la señora de Santa Cruz verdadera pasión. De la tienda de su hermano traía piezas enteras de holanda finísima, de batista y madapolanes. Don Baldomero II y don Juan I tenían ropa para un siglo.”

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(Páginas 198 y 199). “Iba Jacinta tan pensativa que la bulla de la calle de Toledo no la distrajo de la atención que a su propio interior prestaba. Los puestos a medio armar en toda la acera desde los portales a San Isidro, las baratijas, las panderetas, la loza ordinaria, las puntillas, el cobre de Alcaraz y los veinte mil cachivaches que aparecían dentro de aquellos nichos de mal clavadas tablas y de lienzos peor dispuestos, pasaban ante su vista sin determinar una apreciación exacta de lo que eran. Recibía tan sólo la imagen borrosa de los objetos diversos que iban pasando, y lo digo así porque era como si ella estuviese parada y la pintoresca vía se corriese delante de ella como un telón. En aquel telón había racimos de dátiles colgados de una percha; puntillas blancas que caían de un palo largo, en ondas, como los vástagos de una trepadora; pelmazos de higos pasados en bloques; turrón en trozos como sillares, que parecían acabados de traer de una cantera; aceitunas en barriles rezumados; una mujer puesta sobre una silla delante de una jaula, mostrando dos pajarillos amaestrados; y luego, montones de oro, naranjas en seretas o hacinadas en el arroyo. El suelo, intransitable, ponía obstáculo sin fin; pilas de cantaros y vasijas ante los pies del gentío presuroso, y la vibración de los adoquines al paso de los carros parecía hacer bailar a personas y cacharros. Hombres con sartas de pañuelos de diferentes colores se ponían delante del transeúnte como si fueran a capearlo. Mujeres chillonas taladraban el oído con pregones enfáticos acosando al público y poniéndolo en la alternativa de comprar o morir. Jacinta veía las piezas de tela desenvueltas en ondas a lo largo de todas las paredes, percales azules, rojos y verdes, tendidos de puerta en puerta, y su mareada vista le exageraba las curvas de aquellas rúbricas de trapo. De ellas colgaban, prendidas con alfileres, toquillas de los colores vivos y elementales que agradan a los salvajes. En algunos huecos brillaba el naranjado, que chilla como los ejes sin grasa; el bermellón nativo, que parece rasguñar los ojos; el carmín que tiene la acidez del vinagre; el cobalto que infunde ideas de envenenamiento; el verde panza de lagarto, y ese amarillo tila que tiene cierto aire de poesía mezclado con la tisis, como en la Traviatta. Las bocas de las tiendas, abiertas entre tantos colgajo, dejaban ver el interior de ellas tan abigarrado como la parte externa; los horteras, de bruces sobre el mostrador, o vareando telas, o charlando. Algunos braceaban como si nadasen en un mar de pañuelos. El sentimiento pintoresco de aquellos tenderos se revela en todo.”