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Mercados y literatura
Los Mercados Municipales y la actividad comercial en la literatura universal

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Yacimientos literarios

 

Javier Casares
Universidad Complutense de Madrid

El comercio –y específicamente los mercados – forman parte consustancial de la vida ciudadana. Las ciudades son hijas del comercio, nos dice el medievalista francés Pirenne. Pocas dudas puede haber al respecto. El comercio anima con su actividad las viejas urbes, imprimiendo en ellas una nueva fisonomía social y vital. Las primeras tiendas de las antiguas urbes del siglo X dan paso a la formación de instalaciones colectivas agrupadas en un lugar de la ciudad para el ejercicio del comercio. El azogue (según las fuentes castellanas del siglo XII con influencia del zoco de las ciudades musulmanas) constituye el emplazamiento donde se concentra toda la vida comercial local. Como depósitos de mercancías existen en las ciudades los alfóndigos o alhóndigas que se destinan a la vez a alojamiento de comerciantes venidos de otros lugares y a exposición de artículos para la venta. Estos establecimientos, así como las alcaicerías o bazares, suelen ser de propiedad real o de los concejos, quienes perciben unos derechos de los mercaderes usuarios.

Resulta lógico que los grandes escritores –prosa, verso y teatro- hinquen sus raíces creativas en el “humus” formado por la actividad comercial. Numerosas referencias literarias se desenvuelven en el ámbito comercial. El mundo del comercio es un hontanar inagotable de temas relevantes para el desenvolvimiento de imágenes literarias en las que se reflejan las pisadas de los días.

La buena literatura se desvincula de los atributos temporales. No se baña en las orillas del tiempo. Por lo tanto, nos permite recrearnos en sus descripciones y ensoñaciones con verdadero entusiasmo.

Ante este panorama, surge la oportunidad de realizar una misión de “minería de humanidades” rescatando verdaderas maravillas del mundo literario que se han vinculado con el desenvolvimiento de los mercados.

Esperamos que estos yacimientos literarios resulten atractivos para todos aquellos interesados en nuevas miradas sorprendidas y cautivadas sobre este mismo universo comercial incandescente y revelador de la condición humana.

El “esfuerzo minero” se desarrolla a través de una serie de trozos literarios seleccionados que son objeto de un breve comentario. Se invita a todos los amables lectores de estas líneas a que envíen fragmentos de la literatura universal, o referencias de donde encontrarlos, que puedan ser relevantes para todos los interesados en esta apasionante aventura consistente en interrelacionar el comercio con la obra escrita.

El primer fragmento literario seleccionado corresponde a un prosista español de obra fecunda y admirable. Se trata de Azorín.

Azorín: Valencia-Madrid, Alfaguara, Madrid, 1998 (original de 1940)

XV. Los mercados

Vámonos al mercado. La pluma comienza a cespitar en el papel. Necesitamos un descanso. Estamos trabajando desde la aurora. No pensando ahora en nada, germinará en el fondo de la conciencia lo que necesitamos. El mercado nos ofrece pasto apacible para la vista. Tenemos aquí ya el concierto de los vivos colores. Nos encontramos ya entre la apretada multitud y nuestros oídos son asordados por los gritos de los vendedores. Nos llaman acá y allá con vehemencia, y sonreímos. En París, yo iba cotidianamente a comprar al mercadillo de Ternes. No compro aquí nada. En París me alargaba algunos días, por simple gusto, hasta el mercado de San Antonio: el más típico de la gran urbe.

Vayamos con calma. Observémoslo todo con detención y orden. Lo primero son las alcamonías, es decir, el azafrán, la pimienta, el clavo, el tomillo salsero, los vivaces cominos, los ajos. Sin las alcamonías no se puede hacer nada. Tendremos tiernas carnes y frescas verduras. Pero no nos servirán de nada. Escribe prosa el literato, prosa correcta, prosa castiza, y no vale nada esa prosa sin las alcamonías de la gracia, la intuición feliz, la ironía, el desdén o el sarcasmo. Anejas a las especies aliñadoras están los elementales adminículos de la cocina. Puestecillos de tales artes hay también en los mercados.

Los pimientos y los tomates nos dan lo rojo. Los rábanos el carmín. La col, lo blanco. La brecolera y la berenjena, lo morado. La calabaza, lo amarillo. Las hortalizas españolas son deliciosas. Entre los puestecillos de hortalizas, abriéndonos paso entre la gente, vamos caminando. Habíamos olvidado las salutíferas espinacas y lo sentimos. No hay comida más apropiada a gente sedentaria. Los escritores nos pasamos la mayor parte del día sentados con el libro ante nosotros o con la pluma en la mano.

¿Y los gritos y arrebatos de los vendedores? El mercado francés es una congregación de silentes cartujos. Nadie chista. Las vociferaciones del mercado español nos llenan de confusión. Se apela con vehemencia al comprador. Se encarece exaltadamente la bondad de lo que se ofrece: pimientos, tomates o coles. Se defiende a gritos el precio, regateado por el comprador. La gritería llena la calle. Y entre este torbellino de voces y de idas y venidas, por fuerza hemos de dejar pensar en lo que estábamos pensando. Nos hemos evadido de la prisión –el cuarto trabajo-, pero llevamos arrastrando la cadena.

Deseábamos descansar, y seguimos dando vueltas al tema en el magín. Y, al cabo, hemos logrado, sin quererlo, el propósito. Cuando no trabajamos, es cuando trabajamos. Después de una visita al mercado, de una hora olvidados de nosotros mismos, apacentándonos de colores vivaces, es cuando nos recobramos. Al volver a las cuartillas, la pluma ya no cespita o titubea.

Estas bellísimas palabras las escribe Azorín en su obra Madrid. Se trata de un memorial literario. Es el prontuario memorialista de la generación del 98. Escrito con un “légano de melancolía” intenta ahondar en la visión de la vida con notable rigor ascético. La perspectiva es sobria, ceñida, austera pero con innegables inquietudes sociales en el marco de la “gravedad castellana”.

Desde el punto de vista comercial hay que resaltar que este texto corresponde a la descripción de un mercado de Madrid. En realidad constituye una vastísima, y rica en matices, apología de esta forma comercial. Nos sentimos obligados a enumerar algunos de los aspectos más relevantes de la cita:

  1. El mercado desde el punto de vista artístico. “El mercado nos ofrece pasto apacible para la vista. Tenemos aquí ya en el concierto de los vivos colores
  1. La capacidad comercial de los vendedores. “Nos llaman acá y allá con vehemencia, y sonreímos” “Se encarece exaltadamente la bondad de los que se ofrece: pimientos, tomates o coles”.
  1. La calidad de los productos ofrecidos. “Tendremos tiernas carnes y frescas verduras”. Pero necesitan alcamonías (azafrán, pimienta, clavo…)
  1. Surge un componente lúdico y revitalizador. Las relaciones cívicas establecidas y la belleza del mercado (“apacentándonos de colores vivos”) ha permitido al escritor recobrarse anímicamente. “La pluma ya no cespita o titubea”.

 

Si conoces alguna cita o referencia literaria que aluda a los Mercados Municipales o la actividad comercial en su conjunto, puedes enviarla a mercadosmunicipales@mercasa.es

Acuarela de Aurelio del Pino

Acuarela original de Aurelio del Pino realizada en exclusiva para MercadosMunicipales.es





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