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Misir Çarsisi
Gabino Martín Toral

El bazar de las especias de Estambul


Con un poco de imaginación aun pueden escucharse las conversaciones y las risas de los asombrados pasajeros que acaban de llegar en el Orient Express a la Sirkeci Gari (estación de tren), al final de su recorrido Paris-Estambul, cuando se encaminan al Misir Çarsisi (bazar egipcio), también conocido como el mercado de las especias, a pesar de que no todos, de los aproximadamente 90 locales, vendan especias y hierbas medicinales, y cómo se impregnan en sus ropas bien planchadas el olor de estas mercaderías que evocan imágenes de recónditos rincones.

El edificio, comenzado en el año 1597 fue terminado por orden de la madre del Sultán Mehmet IV en 1664, con la idea de que los impuestos que se recaudaran del mercadeo de las especias procedente de Egipto, como parte del Imperio Otomano, sirvieran para que pudiera proveerse a la adyacente Yeni Camii o Mezquita Nueva con recursos propios para sucesivas ampliaciones y para realizar obras de caridad.

Tiene una ubicación privilegiada sobre el muelle, en el extremo sur del Puente Galata, dominando todo el paseo marítimo de Eminönu, desde donde salen los barcos hacia el lado asiático y en frente, la torre de Gálata sobresaliendo en el principio del distrito europeo de Beyoglu, antes de los grandes y modernos edificios.

Los gruesos muros de piedra del largo edificio en forma de “L” no pueden contener los fuertes aromas que se extienden hacia el exterior, como el del hormigueante azafrán, el cilantro, la canela, el pimentón, la salvia, y otras decenas de exóticas hierbas, como clavo, comino, cardamomo o somak.
 
Tiene tres enormes galerías y seis puertas de acceso, cada una bautizada con el nombre de los productos que se vendían, o se venden todavía, en esa parte del mercado, como Puerta de las Flores, Puerta del Mimbre, Puerta de los Pescados, o Balik Çarsisi, pero el pescado ya no se comercializa en el interior. Para comprar pescado hay que ir a alguno de los dos locales afuera, o caminar sobre el puente Galata para llegar al mercado de pescados sobre el muelle en el otro extremo del puente.

Una vez dentro, te rodea una multitud que se desplaza lentamente por sus pasillos, delante de los puestos, donde son abducidos por las palabras amables y cercanas de los vendedores, auténticos y envolventes mercaderes que te dicen, en tu lengua, -más barato que en Andorra -, -te pareces a Marta Sánchez-, -antes muerta que sencilla- o sus preguntas bien preparadas- ¿eres español?, ¿parlas catalán? ¿qué pasa nen?-.

Aunque las fragancias que flotan en el aire cálido nos llegan a todos por igual, siempre puedes aprovechar el privilegio de acercar la nariz y oler frascos con perfumes, para saber cuál es el aroma real del almizcle, el sándalo o el ámbar en su pureza, o decidir entre los distintos tipos de pimentón en polvo, al tiempo que la bolsa se llena con lo exótico y lo mundanal de Oriente, pudiéndose acurrucar junto a un trozo de pastrami, los quesos de oveja, blancos o cubiertos con hierbas.

De la parte alta de muchos puestos penden oscuras berenjenas, pimentones trenzados y salamis con especias. Las nueces, los higos y los chabacanos (albaricoques) deshidratados se acomodan en elegantes bandejas de latón donde se exhiben también almendras, piñones, ciruelas y dátiles.

Junto a todo esto aparecen los tes, virtuosamente acomodados a la vista del viajero en cajas, latas y sobres. Se puede escoger entre diferentes sabores, como naranja, cereza, limón o canela. También hay té de manzana, muy apreciado, que se prepara al cocer la pulpa deshidratada en agua.

La bolsa se vuelve más pesada todavía cuando se añaden a las cajas de dulces turcos, como los famosos Turkish Delight (lokum) rellenos de avellanas y pistachos, un largo pimentero de latón, acompañado por paquetes con granos multicolores de pimienta.
 
Preste atención al curioso y tentador “viagra turco”, que muchas veces solo causan un leve efecto indescriptible en los intestinos.

En ningún caso tendrás problemas en el transporte, en tu viaje de vuelta a tu lugar de residencia habitual, la mayoría de los comerciantes te facilitarán sus productos, una vez convenido el peso que deseas de cada uno de la colorida oferta, en un envase de plástico cerrado al vacío.

Hay quienes vienen al mercado de especias de Estambul únicamente en busca del mejor caviar del mundo. Tal cometido es una misión imposible para primerizos, o para cualquier amante de las especias, los dulces y los frutos secos, o simplemente para quienes gustamos mucho más y con reconocido agrado de las buenas conversaciones y las miradas de unas personas tan amables, como respetuosas e inteligentes, que día a día tratan de realizar su función, que es convertir en un arte la venta al por menor.

Agosto de 2009

* Gabino Martín Toral es abogado y fotógrafo.

 


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