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Un paseo por los mercados y zocos de Túnez
Delia Pariente

La segunda entrega de la sección Mercados del Mundo
trata sobre los mercados y zocos de Túnez.


Aunque estemos de vacaciones, no podemos evitar la, a veces fastidiosa, deformación profesional. Algo así me ha ocurrido a mí las pasadas navidades, en una escapada turística a Túnez, en la que, cámara en ristre, me adentré y curioseé en varias ocasiones por mercados y zocos.

A todos los europeos que viajamos a países árabes, los ojos se nos llenan de color, olor y luz. Los españoles, además, por cultura común, buscamos los detalles que nos unen y comprobamos que el tiempo, que no transcurre a la misma velocidad para todos, nos separa.

Cuando visitas Túnez, especialmente su capital, vives dos espacios temporales diferenciados, no solo por el arco que separaba antiguamente la zona francesa de la árabe; un arco que ahora debería ser sólo simbólico pero diferencia perfectamente dos mundos, dos tiempos, encontrándote en un lado con la medina y su zoco, calles estrechas y azules, blancas y doradas, con tenderetes de dulces, piel, artículos de madera, ropas y joyas típicas, dulces, y miles de recuerdos para turistas….

El zoco es el lugar donde puedes encontrarte de golpe con una de sus impresionantes, únicas y sorprendentes puertas de madera y clavos, repleta de bolsos de piel de camello, mezclados con otros de materiales y diseños modernos -seguramente de imitación-; rodeados de dorados platos repujados artesanalmente; junto a una moderna y vulgar silla de jardín de plástico.

Una vez visitada la medina y su zoco, en dirección a la famosa mezquita que lo limita, y hasta que no ves las fotografías solo puedes pensar en “la dura vida del turista” y especialmente en el arduo trabajo del regateo, que siempre te defrauda al reunirte con tu grupo ya que siempre alguien ha pagado menos que tu, ha comprado más que tu y de mejor calidad…. Aggg!!

Aún nos quedaba un buen rato para volver al autobús y buscaba algo más; la deformación profesional encamino mis pasos a la zona francesa, y en ella al Mercado Central, del que el guía nos habló someramente y del que imaginaba “algo diferente” a lo que encontré y que me sorprendió….

Desde la zona “francesa”, en su avenida principal, tomé la referencia de una farmacia y giré a la derecha y ahí encontré un gran edificio, blanco y amarillo, con tejados verdes de una planta y flanqueado por un batiburrillo de tiendas de todo tipo en el exterior, ropa, zapatos, electricidad, fotografía, lámparas…. y en el centro de la fachada, la puerta principal y directamente las sorpresas… El edificio, por dentro, mezcla estructuras metálicas y de madera, con la arquitectura de arcadas de ladrillo y cerámica; y toda la plaza central cubierta una moderna y singular cubierta de lonas que permitían ver el cielo, la entrada de luz y la ventilación del mercado, y todo ello configura una mezcla sorprendente de lo nuevo y lo viejo, de rito y modernidad….

Al llegar, lo primero que vimos fue la zona de pescado, con mostradores de obra y acero, simétricos -en el centro, a la derecha y a la izquierda- , el producto bien visible para el comprador, pero nosotras ¡NO lo vimos!, sentimos la mirada ruda de los pescaderos, mirada autoritaria y fija sobre dos mujeres occidentales que entraban riéndose abiertamente y con la cámara fotográfica en ristre y allí nos quedamos paradas, notábamos reprobación en la cara del hombre mayor y sorpresa en la del joven, y nos clavamos al suelo. No sabíamos que hacer, instintivamente caminamos rápidamente a la segunda zona, más iluminada, desde la que veíamos la fruta y la verdura, el color y la luz, eso nos animó a seguir; pero aún estábamos indecisas, por un lado la curiosidad, por otro la rudeza del gesto de hombres secos, curtidos;  seguíamos sin saber si molestaría nuestra presencia, tan claramente diferente por nuestra actitud y, de repente… nos llamaron, ¡¡¡eehhh!!!, y nos sonrieron ampliamente, con una sonrisa limpia, clara, acogedora; nos había llamado uno de los dos muchachos desde un puesto de quesos y, gesticularmente, le preguntamos si podíamos hacer fotografías y todo cambió: los vendedores, el entorno; empezamos a sentirnos seguras, incluso parecía que algunos comerciantes se alegraban de que les hiciesemos las fotos, que festejáramos su puesto, y nos enseñaban sus frutas, sus verduras…. ¡Estaban orgullosos!

La colocación y el color de las verduras, las frutas, las hortalizas, parecían una de sus alfombras, incluso superaba a la imagen que veíamos de zona de flores y plantas; desde allí y después de ver tanto color, orden e “inesperada” limpieza, empezamos a salir y ¡ahora sí! hicimos fotografías del pescado, no de la carne que no pudimos ver aunque también se vendía; nos esperaba el autobús que nos llevaría a una nueva parada, hacia Kairouan, ciudad sagrada de Túnez y del Islam y de camino, en los barrio y entre pueblos, pudimos ver las tiendas y mercadillos de la calle.

La fruta y verdura se vende por todas partes, en locales, en aceras, en minicarros. Da igual el tamaño y el lugar donde se exponga, el resultado es una mezcla de colores amarillos y naranjas -especialmente de las sabrosísima y pequeñas pero no muy bonitas naranjas y mandarinas- que junto con más color naranja, verde y blanco de zanahorias, espinacas y cebollas, conforman una mancha cromática impactante.

También pudimos ver junto a los puestos y tiendas de verduras, a pie de calle, carnicerías… La visión de la carne estremecía, ver las carnes de camello, cordero y esa cabeza de vaca –que parecía mirarnos burlándose- colgadas en el zaguán impactaba notablemente. Encontrabas carnicerías entre unos bares y una “tiendas” de electrodomésticos, o tiendas de ropa, u otras de alimentación, pero nunca pescado, los únicos sitios donde lo vimos fue en el mercado y en la mesa.

Los dulces tienen una consideración especial y por eso el tratamiento y presentación también lo es, aunque también encuentras puestecillos en las medinas y mercadillos, te sorprende, que a diferencia, de otros alimentos las pastelerías tengan otro aspecto más cuidado…casi como si fuesen joyerías.

En esta visita, el pasado y el presente se mezclan y te das cuenta que la globalización para algunos puede consistir en la simpleza de tener en la terraza, junto a la ropa tendida, una antena parabólica junto a un aparato de aire acondicionado.

A pesar de todo, el viaje merece totalmente la pena: la gente, el paisaje, la pobreza y la riqueza está a la vez tan mezclada y tan diferenciada que impresiona. He repetido mucho dos palabras, en todas sus formas verbales, impresión y sorpresa, y no existen otras que puede definir mejor las sensaciones que produce Túnez; me ha hecho recordar que, alguna vez, a nosotros, antes de ser “europeos” nos miraron en la calle y en los mercados con los ojos que yo he mirado, y es importante comprobar que hemos conseguido mucho y valorarlo.

Enero de 2009

* Delia Pariente trabaja en el Área de Mercados Municipales Minoristas de Mercasa.

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