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Mercado Central de Limassol (Chipre)
Alicia Grau
Sin ser muy consciente de lo que hacía volví cautivada al Mediterráneo, rodeada de fanáticos del arte, unos de los iconos ortodoxos y otros de las ruinas romanas.
Se trataba de Chipre, una isla marcada por las fuertes tradiciones de la iglesia ortodoxa griega, los cruzados, y las constantes invasiones de diferentes pueblos atraídos por su ubicación y riqueza natural.
Si recorres su tierra encontrarás a lo largo de sus caminos cítricos, vides, olivos, granados, almendros, el escenario de un sin fin de sabores, olores y colores. Al llegar a sus pequeños pueblos teñidos de blanco, y con motas azules, el aire se satura del olor de las parras, las higueras y jazmines.
En los techos de las casas, sin embargo, no encontrarás nuestros aljibes recogiendo el agua de lluvia, sino lo contrario, depósitos de agua de grifo como reserva para los numerosos días de restricciones.
La frecuente sequía que azota la isla hizo que los chipriotas supersticiosamente se rodearan de gatos que comen serpientes, y hoy invaden ciudades y campos.
El clima es muy suave y considerado, las chimeneas de los castillos de los cruzados (los Francos) sólo se encendieron algunos días de invierno, o en la boda de Ricardo Corazón de León con Berenguela de Navarra.
Los sucesivos invasores se llevaron una de las mayores riquezas de las entrañas de su tierra, el cobre, que dio lugar al nombre de la isla desde el latín.
Incluso los ricos mercaderes venecianos se establecieron allí para utilizarla como puente entre oriente y occidente, y construyeron fortalezas defensivas que aún hoy perduran.
La isla es muy rica en patrimonio artístico, con múltiples restos de los pueblos que la habitaron. Griegos, romanos, etc., han dejado su huella. En la Edad Media la iglesia ortodoxa se enriqueció gracias a las donaciones de sus súbditos, llenando de objetos valiosos sus iglesias, que evitaron así enriquecer con sus impuestos a los turcos otomanos.
En las iglesias ortodoxas declaradas Patrimonio de la Humanidad de Troodos, situadas en montañas nevadas en invierno, los iconos de madera pintada tienen un alto valor artístico y cultural. Si los quieres conocer y te atreves a invadir la isla como turista, en bañador, lo que primero llamará tu atención es que conducen sus coches como los británicos, por la izquierda. Y los enchufes tienen tres patas y además interruptor. Estos últimos invasores llegaron en 1878 y la gobernaron hasta 1960, fecha en que se declara la independencia de la isla.
En 1974 Turquía invadió el tercio norte de la isla, y Naciones Unidas vigila actualmente la línea verde que divide la capital Nicosia y la isla, entre griegos y turcos.
Esta invasión turca supuso el desarrollo de nuevas zonas turísticas en la zona sur de la isla como la ciudad de Limassol, segunda en tamaño de Chipre.
A esta ciudad dedicó el guía de nuestro grupo, por fin, una visita al presente de la isla, dejando atrás -¡ya era hora!- los múltiples tesoros enterrados o escondidos.
¿Y dónde nos llevo? A patear la ciudad por el centro, una zona en obras. Las calles parecían, otra vez, un yacimiento arqueológico. Más polvo, zanjas, y al llegar a una plaza, llena de montañas de arcilla y adoquines, apareció una puerta arqueada de un edificio colonial inglés con columnas dóricas, era el Mercado Central de Limassol.
Un mundo de color nos recibió entre calabazas pintadas, cestos de mimbre, botellas de aceite, pastelitos “loukoumía” tradicionales y multitud de frutas, verduras, frutos secos, pescados, todo ello con un aspecto de calidad.
Por lo visto estaban peatonalizando los alrededores del mercado, como en España, y también el mercado estaba acompañado de un gran bar donde se aplicaban en sus juegos de mesa varios paisanos, pegando gritos.
Pero a diferencia de España, y aunque son miembros de la Unión Europea desde 2004, todavía se aprecia un cierto camino por recorrer en normalización, trazabilidad y etiquetado. Los pescados se venden en los tradicionales bancos de mármol, sin hielo. Las carnes se ofrecen debajo de protectores de tapas altos, de barra de bar, con base de mármol. Únicamente los tradicionales y deliciosos quesos sonríen desde los mostradores refrigerados.
Algunos productos como las lentejas, los garbanzos y otras legumbres se amontonan en sacos, y se esparcen por el suelo, el azafrán es baratísimo, como las especias y el pimentón. La miel y el vino dulce “commandaria” en pequeñas botellitas, atraen a los compradores.
Como también sucede en España, apoyado en una de sus paredes exteriores, un mercadillo llenaba de frenética actividad sus alrededores.
Acabada la visita bebimos unas copitas en su bar del delicioso y dulce vino de Chipre, responsable de que Marco Antonio le regalara la isla a Cleopatra. ¡UMMM!, riquísimo.
Con gran alegría y cantando un Sirtaki, dejamos el mercado en un coche con la matrícula roja, que alertaba a todos los conductores de nuestra condición de inquilinos de un coche de alquiler, y nos fuimos hacia el aeropuerto, pasando emocionados por la playa de aguas turquesas donde nació Afrodita, aceptando que pronto seríamos sustituidos por nuevos turistas británicos y rusos, sin dejar como invasores, ninguna huella de nuestra estancia en la isla.
Octubre de 2010
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